Posted by on Mar 30, 2016 in Uncategorized | 0 comments

Marina Capella is a member of Ordain Women’s Intersectionality Committee.

A veces me pregunto si mis abuelas estarían de acuerdo con mi vida si estuvieran aún con vida. No me mal interpreten, tengo una buena vida, pero no es del tipo de vida que mis creo que mis abuelas hubieran pensado para mí, o para cualquier otra de sus mujeres descendientes. Mi mamá, que aún vive, no aprueba algunas de mis elecciones de vida, pero ella es mi mamá y por el momento no he hecho algo que merezca que me desherede. (Aunque tengo que decirlo, estuvo a punto de hacerlo cuando me uní a Ordenen a las Mujeres).

Marzo es el mes de la Historia de las Mujeres. En parte por eso he estado reflexionando en la historia de estas tres mujeres de mi familia. Durante algunos párrafos que nunca reflejaran la complejidad de sus vidas, quiero compartir un poco de cada una de ellas.

Mi abuela maternal, Petra María Rodríguez Hernández, nació en 1918 y creció en un pueblo minero a las afueras de Monterrey, México. Ella fue una de 12 hijos y sólo 4 sobrevivieron la niñez. El quehacer de la casa estaba sobre la educación, razón por la cual ella sólo cursó hasta el cuarto año de primaria. Se mudó a la ciudad a sus veinte años trabajando como telefonista y costurera, lo que ayudó económicamente a sus padres y a su hermana enferma. Sirvió una misión mormona en Tampico, donde conoció a su esposo, un trabajador agrícola, ferrocarrilero y carpintero. Ella y mi abuelo se mudaron a Tijuana y comenzaron una familia. Mi abuela se quedó en casa para cuidar a sus dos hijas y tratando de ganar un dinero extra rentaba un cuarto a misioneros mormones. La familia emigró al sur de California en 1968, mi abuela seguía al cuidado de sus hijas y sus nietos. Ayudaba a la familia con su trabajo como costurera en la tintorería de su hermano. Mi abuelita Petra no soportó un ataque al corazón cuando yo tenía cinco años. Tengo pocos recuerdos de ella, incluyendo uno cuando ella me ayudaba a leer y escribir en un libro de Español.

Mi abuela paterna, Hermilia Alvarado, nació en Pedrizena, Durango, México en 1921. Ella fue la hija mayor de tres. Los detalles de su niñez son escasos, pero de lo que sabemos es que fue a la escuela y recibió capacitación para ser una excelente costurera. Mi padre recuerda que ella y el abuelo se conocieron a los 18 cuando él la contrató en su perfumería. La familia vivió en la Ciudad de México, después en Tijuana y luego en Ensenada donde mi padre nación. Después de casarse, ella llenó por completo el rol de ama de casa- de hecho la idea de trabajar era despreciable para mi abuelo. La familia después de un tiempo se regresó a Tijuana. Inclusive después de la muerte de mi abuelo, mi abuela crio a tres de sus nietos hasta la adolescencia, padeciendo de un progreso lento de Parkinson. Mi abuelita Hermilia tuvo una gran huella en mi vida. Mi padre la visitaba cada mes en Tijuana para llevarle dinero y mandado, y mi madre y mis hermanos lo acompañábamos muy a menudo. Yo recuerdo pasar semanas en el verano con ella y mis primos. Aún atesoro  el álbum de fotos que hizo para mí con sus manos temblorosas.

Mi mamá emigró al sur de California con su hermana y padres a los doce años. A pesar de lo difícil que fue adaptarse a un nuevo ambiente e idioma, a mi mamá le fue muy bien en la escuela y se graduó de la preparatoria con un promedio impresionante. Muchas de sus maestras y consejeros le animaron a ir a la Universidad, pero ella tenía sus esperanzas en el matrimonio y en la vida de familia. A los 19 años se casó con mi padre y empezaron una familia, que consiste en cuatro hijos y yo. Una década después, cuando mi padre tuvo dificultades de mantener a la familia y pasando por varios trabajos, mi mamá regresó a la escuela y obtuvo un título de Maestra de Primaria. Recuerdo haberla acompañado a sus clases en la Universidad, mientras yo hacía mi tarea en silencio o leyendo mientras ella tomaba clases- pero también, por seguro, de inconscientemente aprender la pasión y el valor de una educación superior. Ella desde entonces ha tenido una carrera exitosa como educadora, siendo de los mejores promedios hasta convertirse en una capacitadora de otros maestros.

Como resultado de la vida de estas tres mujeres y de sus decisiones, aquí me encuentro. Por alguna razón, creo que tengo en mis genes una buena dote de ambición en comparación con mis hermanos. Después de una niñez estable, donde una buena parte la pasé compitiendo por tener superioridad moral y el control del Nintendo para mis cuatro hermanos, pasé casi todos mis veintes y principios de mis treintas siguiendo mi educación y entrenamiento para convertirme en una doctora. Tal vez todos esos veranos que pasé ayudando a mi mamá en el salón del kínder influyeron en mi decisión en especializarme en Pediatría. Ahora paso casi todos mis días poniendo en práctica mi educación en una clínica comunitaria muy socorrida (sin mencionar que también tratando de pagar mis créditos de estudiante). Tengo 13 años de feliz matrimonio y yo junto a mi esposo hemos decidido no tener hijos. En lugar de niños, nuestro hogar está lleno de conejos rescatados- sí, conejos- que con sus brinquitos hacen que el estrés de un día largo de trabajo se desvanezca. He sido vegetariana por más de una década por motivos éticos y de salud, una práctica que significa que rechazo alguno de los platillos favoritos de mi familia, mi cultura. Incluyendo el platillo favorito de mi abuelita Petra, los chiles rellenos de carne de res. En mi vida religiosa, apoyo de forma tranquila la ordenación de las mujeres al sacerdocio en el Mormonismo, porque (irónicamente a través del Mormonismo) he aprendido que Dios desea igualdad de oportunidades para todos.

Es importante para mi reconocer como las cosas cambian en el lapso de pocas décadas. ¿Cómo es que en mi amplia complejidad, surgí de la historia de estas tres mujeres? Y si algún día tengo una hija, ¿Cómo continuaría este linaje materno en su vida?

Así que, ¿qué pensarían mis abuelas de mi vida? Con toda honestidad, no estoy segura, pero las imagino lamentándose en varias formas de la elección de mi profesión, de que no tengo hijos, de mis decisiones alimenticias y de mi insistencia de seguir siendo mormona pero bajo mis propios términos. Recientemente, mientras hablaba con mi mamá sobre mi abuela, mi mamá dijo: “Cuando regresaba de la escuela podía escuchar la voz de mi mamá preguntando por qué no me había quedado en casa con mis hijos”. Así que cuando me pregunto sobre la aprobación de  estas mujeres fuertes a mi vida , tengo que recordarme a mi misma que todos quienes tienen una mamá o una abuela- en otras palabras, todas, incluyendo a las abuelitas Petra y Hermilia- han sentido un poco de desaprobación por parte de sus madres. En mi imaginación también trato de decirle a mis abuelitas que sí estoy cuidando niños- un gran número de ellos, de hecho.


My Grandmothers, My Mother, and Me

I sometimes wonder whether my grandmothers would disapprove of my life if they were still alive to witness it. Don’t get me wrong, I have a pretty great life, but it is not the kind of life I think my grandmothers envisioned for me, or for any female descendant, really. My mother, who is alive today, certainly doesn’t approve of all of the choices I’ve made in life, but she’s my mother, and so far I haven’t done anything so egregious as to warrant her disowning of me. (I have to say, though, I’m treading awfully close to the line with Ordain Women.)

March is Women’s History Month. In part because of that fact, I have been reflecting on the history of these three women in my family. Although a few paragraphs could never encompass the full complexity of their lives, I want to share a little about each of them.

My maternal grandmother, Petra Maria Rodriguez Hernandez, was born in 1918 and grew up in a mining town on the outskirts of Monterrey, Mexico. She was one of twelve children, only four of whom survived childhood. Household chores took precedence over education, which is why she completed her education only through about fourth grade. She moved to the city in her twenties, where she helped support her parents and sickly younger sister as a switchboard operator and seamstress. She served an LDS mission in Tampico, where she met her husband, a field laborer, rail worker, and carpenter. She and my grandfather moved to Tijuana and started a family. My grandmother stayed home to care for her two daughters, but also tried to earn extra money by providing room and board for LDS missionaries. The family immigrated to southern California in 1968, where my grandmother continued to care for her daughters, and then her grandchildren. She helped support the family by doing clothing alterations at her brother’s dry cleaning business. My abuelita Petra succumbed to a heart attack when I was five. I have only a few memories of her, including one of her helping me learn to read and write in a little Spanish workbook.

My paternal grandmother, Hermila Alvarado, was born in Pedrizena, Durango, Mexico, in 1921. She was the oldest of three children. The details of her childhood are sparse, but I know that she attended school and received training to become a superb seamstress. My father recounts that she met my grandfather at age 18 when he hired her at his perfume store. The family lived in Mexico City, then Tijuana, then Ensenada where my father was born. After marrying, she filled her expected role of ama de casa – in fact, the very idea of her working was distasteful to my grandpa. The family eventually moved back to Tijuana. Even after my grandfather’s passing, my grandmother raised three of her grandchildren through adolescence, even though her later years were plagued by the slow advance of Parkinson’s disease. My abuelita Hermila was a larger presence in my life. My father would visit her in Tijuana monthly to take her money and groceries, and my mother, siblings, and I would often accompany him. I remember spending weeks at a time during summer vacation with her and my cousins. I cherish the wedding album she lovingly crafted for me with trembling hands a few years before her passing.

My mother immigrated to southern California with her sister and parents at the age of twelve. Despite the challenges of adapting to a new environment and language, my mother did very well in school and graduated from high school with an impressive GPA. Many of her teachers and counselors encouraged her to enroll in college, but she had her sights set on marriage and family life. At the age of 19 she married my father and proceeded to start a family, which ultimately consisted of four boys and me. About a decade later, when my father struggled to support the family through various jobs, my mother went back to school, eventually earning a B.A. to become an elementary school teacher. I remember accompanying her to her evening classes at the local community college and university, quietly working on my own homework or reading during the class – but also, surely, unconsciously learning the excitement and value of higher education. She has since had a successful career in early childhood education, rising through the ranks to become a literacy coach to other teachers.

Largely as a result of these three women’s lives and choices, I ended up here today. For some reason, I think I got a disproportionately large share of ambition genes compared to my siblings. After a less-than-indulgent but remarkably stable childhood, part of which was spent battling for moral superiority and Nintendo controller time with my four brothers, I spent all of my twenties and the early part of my thirties pursuing the education and training to become a physician. Maybe all of those summer days spent helping my mother in her kindergarten classroom influenced my own decision to specialize in pediatrics. I now spend most of my days putting my education and training to use in a busy community clinic (not to mention trying to pay off my student loans). I have been happily married for thirteen years, though my spouse and I have not yet chosen to start a family. Instead of children, our home is filled with rescued rabbits – yes, rabbits – whose “binky” hops in the evening somehow make the stress of a long day at work melt away. I have been a vegetarian for over a decade for both ethical and health reasons, a practice which means I reject some of the staples and favorite dishes of my own family and culture, including abuelita Petra’s favorite beef-filled chiles rellenos. In my religious life, I quietly advocate for the ordination of women in Mormonism, because (ironically, through Mormonism) I have come to believe in a God that desires equal opportunities for all of us.

It’s remarkable to me how drastically things can change in the matter of a few decades. How did I, in all my quirky complexity, emerge from these three women’s histories? And, if I someday have a daughter, how will her life continue to weave this maternal lineage?

So, what would my grandmothers think of my life today? In all honesty, I’m not completely sure, but I imagine them lamenting to various degrees over my choice of career, my childlessness, my unconventional dietary choices, and my insistence on being Mormon on my own terms. Recently, while speaking to my mother about her mother, my mother recalled: “When I went back to school I could hear my mom’s voice in my head asking ‘Why aren’t you staying home taking care of the kids?’” So when I imagine these strong women giving my life the once-over, I have to remind myself that anybody who has had a mother or grandmother – in other words, anybody, including abuelitas Petra and Hermilia – has probably felt some degree of matrilineal disapproval. In my imagination I also try to point out to my abuelitas that I am taking care of children – a whole community of them, if fact.